Qurtuba

Y Corduba, la vieja ciudad de fundación romana, capital de la Bética y en los últimos siglos capital alternativa del reino visigótico, se convirtió en Qurtuba. Políticamente de un día, frío y lluvioso como nos precisan las fuentes andalusíes recogidas en el Ajbar Maŷmu’a, para otro, aquel en el que los 700 jinetes al mando del lugarteniente de Tariq ibn Zyad, Mugit al-Rumi, converso como su nombre indica, tras sitiar la ciudad, asaltaron fácilmente sus murallas y se hicieron con el control del pomerium poniendo en fuga al exiguo cuerpo de ejército visigodo que la custodiaba y que resistirá un tiempo en un monasterio extramuros. Culturalmente el proceso sería más pausado, pero también asombrosamente rápido. La cosmogonía judeocristiana, que había inficionado totalmente la civilización grecolatina consiguiendo carcomerla e imponerse en apenas cuatro siglos utilizando la plataforma del Imperio Romano, deja obligado paso en buena parte de su espacio a la recién nacida cosmogonía islámica, de la misma índole mesiánica que aquella, surgida probablemente en el borboteo de las propias diatribas teológicas que se cocían en el caldero monoteísta de la tardorromanidad, pero de sabor más oriental, cuyo arrollador empuje estribaba precisamente en el entusiasmo impulsivo de propagación de una nueva Buena Nueva.

Conquistada la ciudad y en poco tiempo más la totalidad del resto del reino visigodo hasta bien entrada la Septimania (sur de Francia), la nueva administración imperial omeya con capital en la lejana Damasco se hace cargo de la organización política, social y económica de la nueva provincia, imponiéndose sobre la previa visigótica y muy pronto dislocando sus estructuras.

El nombre que los recién llegados adjudican a la nueva provincia, Al-Andalus, levanta aún polémica entre los historiadores y lingüistas, pero parece que poco a poco se va imponiendo la que apuntara Vallvé como alusivo a su condición de ribereña del Atlántico sobre la muy dudosa que proporcionara Dozy en el siglo XIX conectada con los vándalos o la más reciente y aún estimable que lo hace derivar de la palabra gótica Landahlauts (tierra de sorteo).

En fecha tan temprana como 716, el wali (gobernador) al-Hurr colocará la capitalidad de la provincia –más bien subprovincia– ya definitivamente en Córdoba, en detrimento de Sevilla, que la había ostentado hasta entonces, y Toledo que también podría haber optado a serlo. La causa de esa designación no está clara y muchos historiadores la atribuyen a la situación más céntrica de Córdoba respecto al resto del territorio. Cruz Hernández por el contrario piensa que la causa se debió a las órdenes que el nuevo emir traía de parte del califa de menoscabar la importancia de Sevilla, feudo del anterior wali, el hijo de Musa, Abd al-Aziz, que podría tener la tentación de instaurar en ella la cabeza de una dinastía independiente [1. Miguel Cruz Hernández: La estructura social: del periodo de ocupación islámica de Al-Andalus (711-755) y la Fundación de la Monarquía Omeya. Awraq, 2, 1979, pp. 36-7.].

Los cincuenta primeros años de existencia de la nueva entidad provincial dependiente de Damasco se desarrollan entre luchas intertribales y sucesión de emires con rebeliones frecuentes, las más destacadas las de los bereberes y con una mira más en la organización de la economía extractiva con finalidad claramente fiscal que en crear una estructura política consolidada. Fue a partir de la llegada de Abd al-Rahman I en 756 y la conversión de la provincia en un emirato independiente cuando se sientan las bases estructurales para la creación de una verdadera entidad política. La fundación de una dinastía y de un proyecto de estado están en la base misma de la grandeza que alcanzaría posteriormente la ciudad, apenas dos siglos más tarde.

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